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Las palabras misión y misionero no tienen buena acogida en aquellos países donde se las recuerda unidas a episodios de conquista. Con la fuerza que da la experiencia misionera en Asia durante muchos años, el autor piensa que es labor importante de la Iglesia conseguir que los países de misión no vean a los misioneros como conquistadores. El libro contiene unas buenas pistas para comunicar el mensaje con una nueva sensibilidad muy atenta al contexto: el misionero tiene que ser portador de Cristo, pero no debe enarbolarlo como un estandarte; debe vivir de Cristo, pero sin pavonearse de ello; debe dar testimonio del amor sin darse importancia; hablar de Dios sin ensordecer al otro; amar a los que están lejos pidiendo discretamente su amor. Este libro es un regalo que acompaña la renovación de nuestras respuestas a la vocación misionera del Señor. Son unas páginas útiles para la formación espiritual de los trabajadores del Evangelio enviados en misión-diálogo: jóvenes católicos, ministros laicos, seminaristas, sacerdotes y para todos los que se consagran a la vida apostólica.