Standaard Boekhandel gebruikt cookies en gelijkaardige technologieën om de website goed te laten werken en je een betere surfervaring te bezorgen.
Hieronder kan je kiezen welke cookies je wilt inschakelen:
Technische en functionele cookies
Deze cookies zijn essentieel om de website goed te laten functioneren, en laten je toe om bijvoorbeeld in te loggen. Je kan deze cookies niet uitschakelen.
Analytische cookies
Deze cookies verzamelen anonieme informatie over het gebruik van onze website. Op die manier kunnen we de website beter afstemmen op de behoeften van de gebruikers.
Marketingcookies
Deze cookies delen je gedrag op onze website met externe partijen, zodat je op externe platformen relevantere advertenties van Standaard Boekhandel te zien krijgt.
Je kan maximaal 250 producten tegelijk aan je winkelmandje toevoegen. Verwijdere enkele producten uit je winkelmandje, of splits je bestelling op in meerdere bestellingen.
Llega el enemies to lovers que estabas esperando: una novela romántica llena de diálogos picantes y momentos para reírse a carcajadas, protagonizada por un diabólico jefe con hoyuelos y traje, y la mujer ingeniosa e insolente que consigue que se arrodille (literalmente). Venganza (sustantivo): castigo impartido por un multimillonario arrogante e insoportable empeñado en hacerte sufrir por un errorcito minúsculo y diminuto de setecientos millones de dólares. No me arrepiento de nada. Bueno, puede que me arrepienta de algunas cosas. En mi defensa diré que estaba bastante segura de que no me pillarían. En mi defensa, también diré que no tenía forma de saber que «el Incidente» se haría viral. Pero el multimillonario más famoso de Toronto no es lo que se dice conocido por su espíritu generoso y comprensivo, y no quiere ni oír hablar de mis excusas. No cuando mi escenita pública le ha costado el acuerdo de inversión más importante de toda su carrera. Lo que quiere es una venganza fría e implacable. Y así es como me veo arrinconada y obligada a hacer un trato con el rencoroso diablo de ojos verdes. No me queda más opción que estar a su completa disposición las veinticuatro horas del día, cediendo a cada uno de sus caprichos tiránicos. Pero a medida que sus peticiones, y la tensión extrema, no dejan de ser cada vez más insoportables, no puedo evitar empezar a contraatacar. Pero no conviene enfadar a un hombre como Adrien Cloutier. Y como se suele decir, las chicas malas merecen ser castigadas.