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¿Qué hay en los mitos clásicos para que nombres como Pasifae, Eurídice, Atalanta o Helena sigan acudiendo a nuestros labios en los momentos en que sentimos el temblor de alguna verdad? El autor de este libro no quiere al contarnos sus historias ofrecernos un espejo donde mirarnos, sino una fuente que nos conduce al mundo inagotable de lo Otro, una fuente de la que manan árboles y auroras, lunas y cuerpos hermosos. Es el mundo de lo sagrado, un mundo donde todo es posible, en el que una joven es criada por una osa, las sirenas hacen naufragar los navíos con su canto y hay un niño que nace con una cabecita de ternero. Un mundo en el que el más famoso de los guerreros, en las pausas de la guerra, sueña con volver a vestirse de mujer, una hechicera traiciona a su pueblo para entregar a un extranjero la piel de un carnero de oro y un cantor desciende al reino de la muerte para rescatar a la joven que ama. No encontrará el lector en estas historias la épica de los guerreros, sino la de los amantes. Mas ¿qué épica es esa si los amantes, al contrario que los guerreros y los pícaros, no tienen hazañas que les sean propias? Ellos habitan en un mundo donde no hay insignificancia, todo significa, conduce a fines que no son utilitarios, todo se desvía de la utilidad, lleva al prodigio, y donde los cuerpos se enamoran sin el consentimiento de sus dueños, originando los mayores desastres y las mayores maravillas. De esa parte sagrada que aún queda en nosotros, y que sólo el amor puede revelar, es de lo que quieren hablar estas historias. Ahora, calla y ven. Estás entrando en el mundo de las metamorfosis y los encantamientos. La única meta es el amor: el hombre y la mujer inacabados.