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Me iba al cine -me contaba Vicente Núñez exagerando sus erres francesas en la plaza ochavada de Aguilar- con una libreta y tomaba notas. ¿Qué pretendía yo retener en aquellos papeles que ya no estuviera retenido mucho mejor en el cine? El cine es la inmortalidad, no la Literatura, esa marrana. El cine es la vida y la literatura es la negación de la vida. ¡Canalla!?. ¿Qué puedo yo retener en estos escritos que no esté vivo e inmortal en el cine? La grandeza del cine está en haber logrado algo parecido a lo que debe ser la inmortalidad. Ante la pantalla estamos muy por encima de una ilusión óptica, vemos seres que hablan, se mueven y nos dan lecciones de comportamiento y de moral. Aprendimos tanto del cine en nuestra juventud, desde cómo desenvolverse con naturalidad en una fiesta a resolver situaciones complicadas, nos enseñó las grandezas y las miserias humanas y nos dio una mirada distinta para ver el paisaje y los objetos. ¿Cómo no homenajearlo aunque sea con las limitaciones de la palabra escrita? En estas páginas hay impresiones, juicios y recuerdos personales que pueden ser compartidos o no por el lector. Es lo de menos. También hay un deseo de alabanza a un arte que, más que ningún otro, nos mostró un mundo ficticio con todas las apariencias de la realidad, para que nos reconociéramos en los personajes que interpretaron los actores y actrices de este libro y tomáramos de ellos lo que más nos conviniera.