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Orestes ha cumplido el mandato de Apolo: ha matado a su madre, Clitemnestra, para vengar la muerte de su padre, Agamenón. Pero el dios que ordenó el crimen no ha librado al matricida de sus consecuencias. Postrado en un lecho, devorado por las Furias, Orestes espera en Argos la sentencia de los ciudadanos: morirá apedreado. A su lado, Electra vela su sueño y comparte su condena. Llega entonces Menelao, rey de Esparta, hermano de Agamenón, con la odiada Helena. Pero la esperanza se desvanece: el cobarde Menelao no moverá un dedo por sus sobrinos. Condenados por la ley, abandonados por su único pariente, Orestes y Electra deciden entonces lo imposible: matar a Helena, incendiar el palacio y arrastrar a Menelao en su propia ruina. Solo una intervención divina —o un truco teatral— podrá desatar este nudo de sangre, odio y traición. Orestes es la tragedia más inquietante de Eurípides. Aquí no hay héroes puros ni dioses justos. Orestes no es el redentor de Esquilo, sino un enfermo delirante dispuesto a todo. Electra no es la hermana fiel, sino una conspiradora fría. Y Helena, la reina de belleza fatal, se salva por los aires mientras los mortales se devoran entre sí. Una obra violenta, cínica y sorprendentemente moderna, donde la amistad (la de Pílades, el único leal) brilla más que los dioses, y donde la justicia se revela como una máscara del poder popular. ¿Hasta dónde se puede exigir venganza? ¿Qué precio paga quien obedece a un dios? ¿Y qué queda de una familia cuando el amor filial se convierte en ejecución? Orestes no responde, pero clava las preguntas en el pecho del espectador como una espada.