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Jason lo ha abandonado todo por ella: reino, familia, deberes. Pero ahora él la abandona a ella. Medea, la hechicera de la Cólquide, la princesa que asesinó a su propio hermano y traicionó a su padre por amor, escucha desde el destierro cómo su esposo celebra nuevas nupcias con la hija del rey de Corinto. No hay jueces para la mujer extranjera, ni amigos que la defiendan, ni ley que la proteja. Solo queda el dolor, la rabia y una inteligencia tan afilada como la venganza que planea. Eurípides construye en Medea el primer gran personaje femenino de la literatura occidental que no es víctima pasiva, sino verdugo consciente. No llora en silencio: conspira, engaña, envenena y, en el acto más terrible jamás concebido sobre un escenario, decide el precio exacto de su dignidad. La corona y el vestido que envía como regalo nupcial llevan la muerte. Y cuando Jason crea haberlo perdido todo, ella le demostrará que todavía le queda algo por perder. Esta obra, representada por primera vez en el año 431 a. C., sigue siendo hoy, más de dos milenios después, uno de los textos más explosivos del teatro universal. En sus versos resuena la pregunta que ninguna sociedad ha sabido responder del todo: ¿qué ocurre cuando a una mujer se le niega todo recurso excepto su propia ferocidad? Medea no pide perdón. Y el público, fascinado y horrorizado, tampoco sabe si puede dárselo.