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«Podría decir de mí que mi guardarropa intelectual contiene pocas prendas completas. Pertenezco a la categoría de personas dotadas de inteligencia imperfecta [aquellas] que se contentan con fragmentos y recortes de la Verdad, pues ésta no se les presenta de frente, sino con un rasgo o de perfil a lo sumo? Sus mentes son meramente sugestivas. No encontrará el lector en este libro un sistema filosófico o, para usar el lenguaje del guardarropa, un abrigo o un traje que pueda servirle de protección contra la inclemencia del cielo. No, mi guardarropa abunda en indumentos inútiles, si es que pueden llamarse indumentos: abunda en cosas de escasa utilidad y poco comunes, quizá más que un poco extrañas y melancólicas; es un documento de pocas ideas pero de muchas manías; es, en resumen, más que un guardarropa, uno de esos armarios donde se guardan, o se guardaban en épocas en las que no había que economizar espacio, objetos en desuso, piezas de ropa pasada de moda, lentejuelas y plumas de avestruz y alguna muñeca mutilada, restos arrojados a esa orilla del gran mar del ser.» Así se presenta Mario Praz en el Prólogo de Lectora nocturna, unas páginas en las que, más que construir un edificio, su autor convierte los objetos y las casas en espejos de un mundo detenido, una fuente secreta de frescura en la que buscar sentido en medio del caos. Entre la elegía y la contemplación, la obra de Praz es una meditación sobre la fragilidad y la persistencia, sobre la necesidad de un orden ?artificial, estético, humano? que resista la disolución: la afirmación de una fe discreta pero imperecedera en la belleza.Mario Praz (Roma, 1896-1982) fue catedrático en las Universidades de Liverpool y Manchester, Caballero del Imperio Británico y Doctor Honoris Causa por las Universidades de Cambridge y la Sorbona. Su pasión por el coleccionismo de antigüedades, así como la casa de la via Giulia que inmortalizó en su ensayo La casa de la vida (1958) y su pareja atención a las artes visuales y la literatura son lo que confiere a su obra la peculiar calidad que entre los estudiosos de ambas disciplinas ha merecido el término de lo prazzesco.