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Poesía visual: ese territorio que aún se recibe en ciertos ámbitos con estupor por atreverse a colocar sin permiso un adjetivo impropio tras aquel nombre intocable. Y, sin embargo, forma parte sustancial de la tradición en la escritura poética histórica. Es sabido, por ejemplo, que en nuestras tierras fue gestándose a través del siglo XX un itineðario audaz y luminoso a partir de los primeros nombres propios de poetas de una heterodoxia fulminante y radical (Francisco Pino, Justo Alejo, Felipe Boso, Antonio L. Bouza), que dejaron muestras suficientes de un quehacer extremo; un quehacer que, más adelante, encontró su estela en otros poetas que asumieron esa misma herencia y han reivindicado hasta hoy el estallido poético de aquellos que exploraron los límites de la palabra hasta más allá de ella misma, allí donde parecía que el lenguaje había dado paso a algo que lo negaba. Uno de estos autores, considerado ya como parte indiscutible de la tribu, es Julián Alonso (Palencia, 1955), quien a estas alturas del siglo XXI ha de considerarse ya como el gran agitador de la poesía en su ciudad natal. Ha formado parte desde el último cuarto del siglo XX de sucesivas iniciativas poéticas de signo colectivo (El Agujero, Astrolabio, Sociedad Limitada… ) siempre apostando por no salir de la borrosidad de los márgenes, allá donde el fulgor repentino de lo poético escamotea el bramido de la cultura impuesta y, por tanto, no conoce ningún tipo de contaminación que pueda domesticarlo.