El antisemitismo no es una anomalía histórica, ni un desvío excepcional dentro de sociedades por lo demás sanas, ni una suma azarosa de episodios desconectados que aparecen y desaparecen según las circunstancias. Es una estructura persistente. Cambia de idioma, cambia de ropaje intelectual, cambia de soporte político, cambia de justificación moral, pero conserva una función constante: convertir la existencia judía en una existencia siempre expuesta, siempre revisable, siempre sometida al juicio de otros.
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