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La actual crisis de la Argentina tiene una singularidad. El colapso estatal, su rasgo más saliente, fue precedido por la construcción en 1983, por primera vez en su historia, de un régimen político democrático, republicano y plural. Su corrección desde lo formal contrasta con una sociedad cada vez más empobrecida y polarizada. La obra recorre lúcidamente la historia del largo siglo XX. Hubo una Argentina vital, pujante, sanguínea y conflictiva, que se construyó a fines del siglo XIX y aún era reconocible a fines de los años `60. Desde la década de 1980 vivimos en una Argentina decadente y exangüe, declinante en casi cualquier aspecto que se la considere, con la excepción paradójica de su democracia, fruto tardío de la Argentina de la decadencia, quizá su canto del cisne. Entre ambos momentos, en la larga década de 1970, hubo una crisis en la que se condensaron los conflictos acumulados durante la etapa próspera y vital; un combate, con ganadores y perdedores. Su drástica liquidación definió el rumbo actual de la Argentina, aún cuando sus efectos se van revelando lentamente. En esos años giró el destino de la Argentina, que pasó de ser un país con futuro a ser un país sin presente que hoy ensaya, entre las tinieblas, pensar su futuro.