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La oración de Isabel de la Trinidad, joven carmelita que murió a la edad de 26 años en el Carmelo de Dijon, en 1906, y fue beatificada por el papa Juan Pablo II el 24 de noviembre de 1984, ha dado la vuelta al mundo. Esta oración, dirigida al Dios trinitario de los cristianos, es una extraordinaria exposición de su espiritualidad y un asombroso estímulo para la oración personal. Solemos decir que la oración es relación, diálogo entre el hombre y su Dios, preguntas y respuestas recíprocas... Pero ¿qué significa esta aproximación cuando Dios es pluralidad, Trinidad? ¿A quién hemos de dirigirnos: al Padre, al Hijo o al Espíritu? ¿No es verdad que muchos cristianos tienen demasiado a menudo una percepción excesivamente abstracta y conceptual de la oración? JEAN RÉMY, sacerdote de la diócesis de Cambrai, afirma que el encuentro con "su amiga Isabel" cambió su vida. Él comenta aquí la oración Oh Dios mío, Trinidad a quien adoro con las palabras de sor Isabel, a las que añade sus reflexiones personales, fruto de un largo itinerario espiritual con ella. Como afirma en el Prólogo sor Marie-Michelle de la Croix, priora del Carmelo de Dijon: "El camino hacia la unión con Dios está abierto a todos. Y cada uno es llamado a descubrir en su propia historia las huellas de su Señor. Pasando sin dificultad de lo más sublime a lo más concreto, el autor sabe mantenernos con 'los pies en la tierra' y el corazón en Dios".