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Ifigenia no murió en Áulide. En el momento del sacrificio, la diosa Artemisa la sustituyó por una cierva y la llevó lejos, a la remota Táuride, entre bárbaros que inmolan a todo extranjero que llega a sus costas. Allí, convertida en sacerdotisa de la diosa, cumple con horror su oficio sangriento. Años después, dos jóvenes griegos desembarcan en la inhospitalaria costa. Uno de ellos es Orestes, hermano de Ifigenia, que sigue un oráculo de Apolo: robar la estatua de Artemisa para librarse de las Furias que lo persiguen por haber matado a su madre. Cuando Ifigenia descubre la identidad de sus prisioneros, se desencadena una de las escenas de reconocimiento más bellas de todo el teatro griego. Eurípides teje en Ifigenia en Táuride una tragedia que no termina en muerte, sino en fuga y esperanza. Aquí no hay sacrificio consumado, sino un milagroso reencuentro fraternal, una estatua que debe ser robada y una diosa que, lejos de ser cruel, prepara silenciosamente el regreso de los suyos a Grecia. Es una obra sobre la identidad, la lealtad y la posibilidad de empezar de nuevo, envuelta en el misterio de los ritos bárbaros y la luz final de Atenea.