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« Por lo que me alcanza a saber, el único placer nuevo de veras viable sería el que se derivase de la invención de una nueva droga, de un sustituto más eficaz y menos nocivo, tanto del alcohol como de la cocaína. Si fuera millonario, dotaría de fondos suficientes a un nutrido grupo de investigadores que emprendieran la búsqueda del tóxico ideal. Si pudiéramos esnifar o ingerir algo que, durante unas cinco o seis horas al día, aboliera nuestra soledad, nuestra condición de individuos, algo que nos pusiera en sintonía con nuestros semejantes, en una resplandeciente exaltación de los afectos, y que diera a la vida en todas sus facetas la sensación no ya de que vale la pena vivirla, sino de que es algo de una belleza divina, algo cargado de sentido, y si esa droga celestial, capaz de transfigurar el mundo mismo, fuera de tal índole que pudiéramos despertar a la mañana siguiente con la cabeza despejada y nuestra constitución física indemne, tengo la convicción de que todos nuestros problemas, y no sólo el pequeño problema que representa el descubrimiento de un placer realmente nuevo, quedarían total y completamente resueltos, y la tierra sería el paraíso» Aldous Huxley, «Se busca un placer nuevo», en Música en la noche, 1931