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Nadie puede olvidar una verdad editorial de todas las épocas: cada obra, en forma de ejemplar, empieza siendo un simple bien material que solo se convertirá realmente en libro cuando un lector lo introduzca en su universo personal y lo enriquezca de forma singular. De lo contrario, el ejemplar sigue siendo un montón de hojas impresas. ¿Cuál es la aportación intelectual del editor si se pliega a una selección de autores que no ha hecho él, a una escritura que proviene de mundos en los que el eslogan reductor sustituye a la voz elaborada, a una escritura empobrecida por la pasteurización de cualquier idea elevada, con un calendario que no ha marcado él? ¿En definitiva, a todo lo que es contrario a la lenta construcción de un catálogo en el que prima la visión personal del editor? La querella de los antiguos y los modernos se alimenta en gran parte del hecho de que los términos libro y editor tienen en cada caso una acepción diferente. Tanto por su título como por sus tesis, la presente obra invita a observar este fenómeno más de cerca.