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'Dado que todas las facultades del alma dependen de la organización misma del cerebro y de todo el cuerpo, a tal punto que no son evidentemente otra cosa sino esta organización misma, íhe aquí una máquina bien iluminada! Pues aun cuando sólo el hombre hubiera recibido en herencia la ley natural, ¿sería menos, por eso, una máquina? [...] Puesto que el pensamiento se desarrolla evidentemente con los órganos, ¿por qué la materia de la cual éstos están hechos no podría ser capaz de experimentar remordimientos, siendo que puede adquirir, con el tiempo, la facultad misma de sentir? El alma no es, por consiguiente, más que una palabra vana, de la que no se tiene idea alguna y de la que una mente sólida no debe servirse más que para nombrar aquella parte que en nosotros piensa. Una vez establecido el principio mínimo de movimiento, los cuerpos animados tienen todo cuanto les hace falta para moverse, sentir, pensar, arrepentirse y, en una palabra, para guiarse en lo físico y en lo moral.'