Cuando no tienes tiempo para un hombre, es justo cuando aparece.
La colada, los niños, el trabajo, los amigos, los platos, la basura… Mi lista de tareas pendientes era más larga de lo que una sola persona debería tener, pero así es la vida de una madre soltera.
Lo último que necesitaba era un macho alfa cabezota e irritante que creía que tirarle los tejos a su asistente delante de mí iba a impresionarme. Ethan Norwood no era mi tipo. Llevaba el peligro escrito en la cara: desde el brillo peligroso de sus ojos y los tatuajes que le cubrían el cuerpo hasta el poder que ostentaba como el mayor patrocinador de la búsqueda de huevos de Pascua del pueblo.
Mantenerse alejada de él debería ser fácil. No tenía tiempo y, desde luego, no necesitaba a ese capullo en mi vida. Lástima que parece que soy incapaz de decirle que no. Por si trabajar juntos no fuera suficiente, que apareciera en mi casa fue el remate final. Pero fui yo la que le dejó entrar, la que le dejó conocer a mis hijos, y la que le dejó besarme y tocarme y hacer que me olvidara de todo lo que se suponía que tenía que hacer. Porque él era mucho más divertido.
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