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En el siglo XVIII los Borbones intentaron unificar y centralizar la docencia y, a la vez, dar entrada a algunas ciencias que, o por su prestigio o por su utilidad práctica, eran imprescindibles. Sin embargo, fue necesario el ascenso de la burguesía al poder en el siglo XIX para que las ciencias modernas entrasen en las aulas universitarias y para que el Estado asumiera -al menos jurídicamente- la tarea de instruir a todos los ciudadanos. La nueva clase dominante consuma la centralización, el control económico y la reglamentación minuciosa de todo el aparato escolar. También cuida de introducir aquellos nuevos saberes útiles para su desarrollo económico y para su afianzamiento político-ideológico. Los autores señalan tales cambios en tres ámbitos bien significativos. En la enseñanza primaria, caballo de batalla del progresismo. En las ciencias matemáticas, químicas y técnicas, apoyatura de los nuevos profesionales del régimen burgués y de las nuevas exigencias técnico-económicas. y en la Universidad, como culminación del sistema docente y como lugar donde se imparten dichas ciencias. En suma, el libro ofrece una visión globalizadora de la sociedad burguesa de mediados del siglo XIX y de la introducción, difusión y utilización de los saberes modernos, con dos conclusiones fundamentales: la falta de institucionalización científica con que amanece la revolución liberal, y la utilización en pro de un lucro a corto plazo que la nueva clase dominante hizo de la ciencia V la técnica.