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Admeto, rey de Tesalia, debe morir. Pero Apolo, agradecido por la hospitalidad que un día recibió en su palacio, engaña a las Parcas: el rey vivirá si alguien acepta descender al Hades en su lugar. Nadie quiere hacerlo: ni sus ancianos padres, ni sus amigos, ni siervo alguno. Solo Alcestis, su joven esposa, madre de sus dos hijos, pronuncia el sí que condena su cuerpo a la tumba. Alcestis es la más extraña y conmovedora de las tragedias de Eurípides. No hay aquí héroes guerreros ni dioses vengativos, sino una mujer que elige morir por amor, un esposo que sobrevive ahogado en culpa, y un Heracles borracho y bonachón que convertirá el duelo en asombro. La obra transita del llanto a la carcajada, del patetismo doméstico a la farsa más desternillante, porque fue concebida para ocupar el lugar del drama satírico en una tetralogía. Pero bajo esa mezcla de géneros late una pregunta incómoda: ¿hasta dónde puede un hombre aceptar el sacrificio ajeno sin perder su dignidad? Mientras Admeto llora a su esposa, Heracles come, bebe y se corona de mirto en la misma casa donde yace un cadáver. El contraste es brutal, y también profundamente humano. Cuando el héroe descubre la verdad, no duda en bajar a los infiernos a recuperar a la muerta. Pero el regreso de Alcestis no es triunfal: vuelve cubierta, silenciosa, como una imagen devuelta al marco roto. ¿Vale la vida de un rey más que la de una reina? ¿Es el sacrificio femenino un acto de amor o de servidumbre? ¿Puede la amistad redimir la cobardía? Alcestis no ofrece respuestas fáciles, pero deja en el aire una pregunta que aún nos interpela: qué hacemos con el amor de quien nos salva, y cómo vivir después de haber aceptado que otro muera por nosotros.